null La enfermería después de la COVID-19: desafíos de futuro
Editorial
09/03/2021

Fernando Alonso Pérez. Decano de la Facultad de Enfermería de Gijón

Coincidiendo con el bicentenario del nacimiento de Florence Nightingale, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 2020 "Año de la enfermera y la partera". El objetivo era reconocer las numerosas contribuciones de las enfermeras al avance de la salud y bienestar de las personas en cada nación. Con la atención ya centrada en la pandemia de COVID-19, el pasado 7 de abril -Día mundial de la salud-, la OMS, en colaboración con el Consejo Internacional de Enfermería y la campaña Nursing Now, presentó el informe “Situación de la Enfermería en el Mundo-2020: Invertir en educación, empleo y liderazgo”. Su prólogo recoge que el Año Internacional del Personal de Enfermería y Partería debería representar una oportunidad para sacar provecho de los datos que el propio informe proporciona, e insta a los gobiernos a efectuar inversiones en educación, empleo y liderazgo. Asume que estas tres variables son imprescindibles para reforzar al personal de enfermería, mejorar la salud de todos, y fortalecer el papel de la enfermera en la atención primaria. El informe trata, en suma, de brindar orientaciones para afrontar los desafíos que la profesión enfermera tiene planteados actualmente. Algunos de estos desafíos son comunes a otras profesiones sanitarias, como la falta de profesionales, las condiciones de trabajo o el reto de adaptarse a los cambios demográficos y epidemiológicos, mientras que otros afectan selectivamente a la profesión enfermera y requieren una atención específica.

Uno de los grandes problemas de los que viene hablándose hace tiempo, y que la crisis COVID-19 ha puesto en primer plano, es el referido a la ya alarmante falta de personal de enfermería. En diciembre de 2020, el Congreso de los Diputados aprobó la tramitación de la “Proposición de Ley sobre ratios de enfermeras para garantizar la seguridad del paciente en centros sanitarios y otros ámbitos”, con objeto de paliar el déficit estructural de enfermeras que padece nuestro país. A ese déficit se unen el envejecimiento de las plantillas y unas necesidades cambiantes por parte del sistema sanitario provocadas por el desarrollo de la formación especializada y por la creciente demanda de cuidados, entre otros factores. Hacer frente a ese incremento en la demanda de profesionales supone todo un reto tanto para las intuiciones académicas como sanitarias. El abordaje y solución de este desafío solo resultará satisfactorio si se lleva a cabo de acuerdo a un enfoque integral que recoja las tres áreas señaladas en el título del informe de la OMS: la educación, el empleo y el liderazgo.

 

En el ámbito de la educación y el empleo, el futuro pasa por adecuar la formación tanto en términos cuantitativos como cualitativos a las nuevas demandas del sistema sanitario, garantizando que los programas de formación teórica y práctica doten de las competencias necesarias para que las enfermeras proporcionen cuidados integrados de alta calidad. En este sentido, es preciso en primer lugar adaptar los planes de estudio de grado a las necesidades de salud de una población que está cambiando conforme lo hacen las variables demográficas y epidemiológicas, y de acuerdo a un contexto donde la implementación clínica de los avances tecnológicos se producirá a un ritmo acelerado.

Al mismo tiempo, para abordar el déficit de profesionales se precisa un incremento sustancial de la oferta de matrícula y del volumen anual de egresados. No hay otro camino que el de reforzar nuestra capacidad docente. El aumento en el número de graduados requiere invertir para disponer de profesorado competente, de  infraestructuras adecuadas y dispositivos asistenciales para la realización de las prácticas clínicas. El principal obstáculo se encuentra en la falta de profesores acreditados. En la Universidad de Oviedo, por ejemplo, no existe un programa de doctorado de enfermería, ni una línea de investigación en cuidados en el programa de doctorado de ciencias de la salud. De esta manera, se limita el acceso al grado de doctor y a la carrera docente e investigadora a las enfermeras.

Incrementar el número de enfermeros doctores y facilitar e incentivar la carrera docente, haciéndola compatible con la práctica asistencial, son elementos que pueden reducir el problema de la falta de profesores.

 

Es preciso regular, igualmente, los distintos niveles formativos existentes en la actualidad, definiendo con claridad las vías para adquirir las competencias que corresponden a cada nivel. Además, deben identificarse aquellas funciones que precisan una formación en competencias avanzadas o bien la especialización. El desarrollo de distintos niveles formativos debería tener consecuencias estructurales, organizativas, y la garantía de que las enfermeras tendrán una función dentro del sistema sanitario acorde a su elevado nivel de formación. Si facilitamos que las enfermeras trabajen en aquellos contextos donde son competentes conseguiremos mejorar su fidelización y reducir las tasas de abandono de la profesión. Lograremos además alcanzar la excelencia en los cuidados recibidos, garantizar la mejor calidad posible en la atención, y el retorno a la sociedad de las inversiones en la formación superior.

 

Fomentar el liderazgo es una tarea pendiente. Tanto el liderazgo en la enfermería como el liderazgo de la enfermería. Pero el liderazgo solo se desarrolla en ejercicio. Así, las enfermeras deberían estar representadas en todos los niveles organizativos de las instituciones donde se adoptan decisiones sobre salud. Su aportación desde la perspectiva del cuidado, siempre de acuerdo a un enfoque total de la salud, resulta crucial para evitar que las decisiones en temas de salud sean parciales o reduccionistas. La salud no es un asunto médico, sino interdisciplinar. Las enfermeras tienen mucho que decir y aportar en los foros de debate y decisión. En este sentido, deberían ser consideradas a la par que otras profesiones para su posible nombramiento en puestos directivos. El liderazgo también se hace posible contando con profesionales de enfermería para  la adopción y difusión de decisiones sobre salud que afectan a la población.

 

Organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) han apostado, en aras a la eficiencia, por que las enfermas asuman competencias tradicionalmente en manos de otros profesionales. Se trata de algo que no debería sorprender pues es coherente con los resultados de la investigación. Las enfermeras pueden sustituir a los médicos en algunos procesos con igual eficacia incluso mejorando la satisfacción. No obstante, la vía para potenciar al máximo su contribución depende, en cada contexto concreto, de la densidad de médicos y enfermeras. Recordemos que en España, a diferencia de otros países, la diferencia entre el número de médicos y enfermeras es muy pequeño. En Alemania, Suecia o Finlandia, la ratio es de 4 enfermeras por cada médico, una ratio que se eleva a 5 a 1 en Bélgica, Japón o Dinamarca. No se cabe esperar una desmedicalización de la salud en un sistema sanitario totalmente dominado por la medicina en todos y cada uno de los contextos organizativos. 

 

En definitiva, las líneas de actuación prioritarias pasan por ensanchar el campo del cuidado y potenciar el autocuidado de la población, trabajando de manera autónoma y coordinada en áreas fundamentales como la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad, la educación para la salud, la atención a la cronicidad, las intervenciones sobre las conductas de salud, la seguridad del paciente, la atención domiciliaria, los cuidados paliativos, la atención a la dependencia, la salud comunitaria, o la intervención sobre las desigualdades en salud. Si no se potencian adecuadamente la educación, el empleo y el liderazgo, nada de esto será posible.

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Número: 3 de 2021